Andaba el Athletic perdido en verano de 2007, cuestionándose su propia filosofía, hasta que apareció un nombre: Joaquín Caparrós. El utrerano, motivador donde los haya, llegó de la mano de García Macua al banquillo rojiblanco dispuesto a marcar época.

Antes que nada, se empapó de la filosofía de los “leones” hasta hacerla suya, quiso conocer hasta el más pequeño rincón de Lezama y convencer a todo el mundo de que el Athletic volvería a hacer historia.

Dice el maestro Cruyff que un entrenador debe saber que quieren ver sus aficionados para hacer un equipo que identifique a la gente. Y “Jokin”, como lo conoce todo el mundo en Bilbao, lo interpretó a la perfección. Pasión, esfuerzo, garra, agresividad y trabajo fueron sus lemas. Contagiar de nuevo al público bilbaíno era la primera misión.

El segundo objetivo fue exprimir de nuevo la tan prolífica cantera vasca, que los jóvenes valores de Lezama volvieran a ver tan cercano el primer equipo que ni se plantearan marcharse a ningún otro equipo en busca de oportunidades. Además, descubrir a jugadores válidos en equipos de categoría menor que pudieran explotar todo su fútbol en La Catedral.

Y así, con dos o tres fichajes de nivel - Gorka Iraizoz, Javi Martínez (que llegó la temporada anterior) y Aitor Ocio -, algunos fichajes que venían de Segunda A o Segunda B (Koikili, Del Olmo, Toquero,…), los ”katxorros” de la nueva hornada que llegan empujando fuerte (Llorente, Iraola, Susaeta, Amorebieta,…) y los viejos rockeros de San Mamés (Etxebarría, Orbaiz, Yeste y Gurpegi), Caparrós ha conseguido formar un bloque que ya destacó en la segunda vuelta de la temporada pasada y que ha hecho historia con su pase a la final de la Copa del Rey, lo más destacable en la historia reciente del Athletic desde que llegaron a la Champions en 1998 con Luis Fernández.

¿Cuáles son los secretos de este Athletic tan apabullante en Copa?

Desde su llegada, Caparrós tuvo claro que debía buscar su equipo: un fútbol directo, de ida y vuelta, de desgaste, presionar al rival en su propio campo haciéndole perder confianza,… En definitiva, la esencia del fútbol vasco que siempre encandiló a la afición de San Mamés. Para ello, supo buscar las piezas adecuadas y hacerlas creer en su metodología.

Aitor Ocio, Amorebieta, Javi Martínez y Llorente son la base. Sobre ellos se sustenta todo el entramado táctico del Athletic en ataque. Los centrales buscan la salida en largo con Llorente, que tiene tres opciones: peina para que el otro delantero pueda aprovechar la caída y jugar el uno contra uno con el otro central, controla y busca directamente una diagonal hacia el extremo de banda contraria (habitualmente) o controla y juega de cara para el lanzador, Javi Martínez, que también intentará rápidamente lanzar hacia una de las bandas para que consigan sacar un centro a máxima velocidad. Resultado: el Athletic llega en tres o cuatro toques al área rival y además, llega con un mínimo de cinco jugadores (los dos delanteros, los dos extremos y uno de los mediocentros).

Todo esto parece sencillo pero no lo es. La línea defensiva debe hacer ganar metros al equipo a toda máquina para reducir espacios en la segunda jugada y evitar una salida de balón cómoda del rival si les han robado el balón, los extremos deben cerrar en busca de la diagonal y situarse prácticamente a la altura de los delanteros para aprovechar los balones ganados por el “9″ bilbaíno; y uno de los mediocentros debe llegar para dar el apoyo a Llorente si es necesario o llegar a gol desde segunda línea si la jugada va por banda.

La misma salida de balón la pueden realizar también los laterales, ejecutando la acción de igual manera.

Objetivo: jugar en campo contrario y buscar rápidamente una superioridad numérica a partir de tres cuartos de campo. Centro y remate en estado puro. Y con un matador de 1′95 m. como Llorente, el éxito parece asegurado. El ejemplo claro, el partido contra el Sevilla que supuso llegar a la final de Copa del Rey. Una vez más, Caparrós saca oro del espíritu competitivo de sus equipos.